Blog de Marcela González

Marcela González
Me inspira conocer y explorar el mundo, contar historias que hablen de la relación entre la naturaleza y el ser humano, entre el arte y la aventura. En mis redes sociales, cuento con más de 10,000 seguidores y marcas como Innovasport, The North Face México, Hoka One One, entre otras, me han elegido como Influencer para promover sus productos a través de mis fotografías y mi blog de Aventura.

Los viajes de mi vida: 14 lecciones que he aprendido al viajar

Hace alrededor de tres años, cuando aún estaba estudiando mi carrera, escuché por ahí que viajar era algo que nutre el alma y alimenta el espíritu.

En aquel entonces mi alma y mi espíritu tenían hambre, hambre de crecimiento, de experimentar y conocer este mundo que aún permanecía tan ajeno a mí, ¿tenía acaso que viajar para encontrarme?

También había escuchado una frase muy famosa que dice lo siguiente: “no hay perspectiva sin distancia” y yo, tenía que comprobarlo.

¿Cómo era posible que no iba a haber perspectiva sin distancia? ¿Significaba esto que si no me alejaba de aquella “burbuja” en la que vivía, nunca iba a ser capaz de entender realmente la vida?

Ahora sé que se viaja por motivos incalculables; para salir de la rutina, para tomar distancia de lo cotidiano, para conocer y experimentar de primera mano nuevas culturas, para ir un poquito “más allá” y salir de nuestra zona de confort.

A mis 22 años, sabía que tenía mucho por aprender y un camino muy largo que recorrer.

Me era difícil entender a los demás y me sentía separada de la sociedad, me costaba adaptarme y expresarme, no era muy fan de socializar, discutía con mis novios y lo más importante; no había terminado de entender una situación que me tenía completamente atada a mi pasado: el divorcio de mis papás. Aún me sentía afligida por ello y ¡ya habían pasado casi 10 años!

Tenía muchas ganas de encontrarme a mí misma y de dejar de sentir que andaba “sola por el mundo”.

Sentía que no tenía control sobre nada y al mismo tiempo quería controlarlo todo, siempre quería que las cosas se hicieran a mi manera, me esforzaba muchísimo por tener las mejores calificaciones en la universidad.

Sabía que cada uno de nosotros entiende y ve la vida de una manera distinta, yo quería abrirme pero me costaba ser flexible y entender la mentalidad de los demás.

Fue entonces a principios del 2016, a mitad de mi carrera, cuando decidí ir a mi primera expedición de montaña en el Iztaccíhuatl, a mis 22 años tocaría la cumbre de una de las montañas más altas de México.

En aquel viaje, mi intención no solo era llegar a la cumbre de la montaña, sino subir una nueva montaña en mi vida que me permitiera conocerme de una manera distinta, de una manera más profunda.

El comienzo de la expedición no fue cuando puse el primer pie en aquella montaña, sino desde el momento en que puse un pie fuera de casa.

Dejé todos los lujos a los que estaba acostumbrada; dormí en un hostal en donde no me atrevía ni siquiera a acostarme en la cama sin poner mi sleeping bag debajo de mí, no me bañé en tres días, tuve que comer solo “lo que había”, tenía que cargar mi mochila de 15 kgs. y tenía frío todo el tiempo. Como pueden ver, no era un viaje precisamente divertido.. ni cómodo.

Aunque sea difícil de creer, fue justo aquí, en medio del frío, del miedo, de la incertidumbre y de la incomodidad, donde experimenté una forma fascinante y nueva de ver y vivir la vida.

Fue en esta primer expedición de alta montaña en donde me di cuenta de que hacer un “viaje”, que implica salir de tu zona de confort, es algo que te llena de aprendizajes al 1000 %, no hay manera de que no aprendas algo, así de simple.

Me enamoré de esta forma de explorar un lugar desconocido, pero sobre todo de conocerme a mí misma.

Fue así que me animé después a hacer varias expediciones en Los Andes durante los siguientes dos años, para conquistar las cumbres más altas de América.

Lo importante no era la expedición ni la montaña a la que fuera, sino conquistar mi propia cumbre interior y seguir expandiéndome en todos los sentidos, conociendo así hasta qué punto era capaz de llegar.

Aprendí a ver y aceptar mis límites y capacidades y experimentaba un viaje distinto cada vez.

Después de estas expediciones, decidí hacer otro tipo de viajes, que fueran más enfocados al senderismo y la exploración, y así fue que caminé casi 100 kms. en los cañones de las Barrancas del Cobre, hice el Trekking de Salkantay en Perú y fui a explorar las Reservas Naturales y selvas de Chiapas.

Hice también viajes a las playas de México, en el Pacífico y en el Caribe, en donde era posible relajarse y hacer fogatas, teniendo las mejores noches bohemias junto al mar.

Recientemente viví la experiencia de hacer un roadtrip de 20 días por la costa del Pacífico, desde la punta de México en Los Cabos, hasta San Francisco en California, durmiendo por 19 noches dentro de una van, viendo los mejores atardeceres y amaneceres, surfeando y caminando por las montañas junto a la costa casi todos los días.

Escribo este artículo desde un departamento en San Francisco, la ciudad a la que decidí venirme a vivir por tres meses con mi novio, de nuevo, para experimentar así un nuevo tipo de viaje.

No tengo una fecha exacta de retorno a Monterrey porque después de aquí, es probable que nos mudemos a vivir a otro lado.

Tomar la decisión de dejarlo todo e irme a vivir por el mundo, genera un cóctel de emociones en mi interior, empezando por quitarme el chip de la sociedad de “No debes de vivir con tu pareja sin estar casados”.

Para mí, esto es tomar el riesgo, confiar en mí misma y en mi capacidad de decidir por lo que yo quiero en mi vida, caerme cien veces y levantarme ciento uno si es necesario, porque sólo así, es como aprenderemos lo que es verdaderamente la vida.

Nunca he viajado completamente sola a ningún lado, aunque es una experiencia que muero por vivir. Sin embargo, he viajado siempre con gente nueva y lo que sí puedo decir, es que aprendes miles de cosas gracias a cada uno de tus diferentes compañeros de viaje.

Pretendo seguir viajando el resto de mi vida y conocer todo el mundo si es posible, apenas tengo 25 años y aunque vuelva 10 veces al mismo lugar, sé que la experiencia nunca será la misma.

En fin, después de escribir de tanto rollo de mi vida, quiero llegar al grano y decirles por qué es que pienso que viajar te cambia la vida.

Ahora, compartiré 14 lecciones que he aprendido al viajar:

Escuchas con más atención a tu intuición

Viajar agudiza la destreza mental, la intuición y el sentido de supervivencia al tener que enfrentar el azar de los acontecimientos.

Tu intuición es a lo que verdaderamente tienes que acudir cuando quieres tomar una decisión.

Al vivir en un mundo tan ajetreado, nos olvidamos de conectarnos con nosotros mismos y de que todas las respuestas se encuentran en nuestro interior.

Aprendes a confiar en ti mismo

Te encontrarás a ti mismo en diferentes facetas, conocerás la mejor y la peor versión de ti.

Mientras viajas es muy probable que tengas que lidiar con situaciones de estrés; como perder un vuelo, andar con prisas, perderte, no hablar el idioma, etc.

Pero, por otro lado, vivirás los momentos más felices y te asombrarás de todo lo nuevo.

Te darás cuenta de qué es lo que más disfrutas hacer, de cuáles son tus sueños y podrás aceptar esa parte de ti que te lleva a al autoconocimiento, a confiar en ti mismo.

Conoces tus límites y tus capacidades

Todos somos únicos, somos diferentes y tenemos derecho a trabajar a nuestro ritmo y de conocernos poco a poco.

Al alejarte de la sociedad, que casi siempre te pide que “seas perfecto(a)”  eres por fin capaz de reconocer hasta dónde te sientes cómodo(a) y así, identificar cuáles son tus límites y capacidades, por el simple hecho de que tú eres el único responsable de cada decisión que tomes.

Te darás cuenta de que habrá problemas que puedes resolver con mayor facilidad, así como otros que se te dificulten más y luego, aplicarlo en tu vida diaria.

Creas nuevas amistades

Siempre se ha dicho que la clave de la felicidad está en tus relaciones, viajar crea lazos permanentes.

Al vivir experiencias únicas y pasar tanto tiempo juntos, podrás platicar de temas profundos y personales con las personas con las que te encuentras.

El estar lejos de casa, lejos de tu sofá o de tu cama con la que a veces platicas, te ayuda a abrir tu corazón y a estar dispuesto a compartir más con nuevas personas.

Un extraño puede volverse tu mejor amigo, tu hermano, aquella persona a quien le cuentas algo que jamás creíste compartir.

Amplias la perspectiva de tu vida

Nunca regresas siendo la misma persona, un viaje siempre abrirá tu mente y te convertirá en otra persona, de esto no cabe duda.

Creo que viajar, más que un derecho debería ser una obligación. Es más que una escuela, es descubrir otras formas de mirar la vida y enfrentar la realidad.

Te vuelves más flexible al cambio

Cuando menos te lo esperas el viaje se termina, así entendemos el concepto de que todo en la vida es pasajero.

El cambio siempre nos trae nuevas oportunidades, nuevos caminos. Puede que tu viaje sea ir de ciudad en ciudad o de país en país, y cada vez que terminas tu estancia en uno, es probable que te cueste irte, lo mismo al final del viaje.

Esto es porque siempre nos da miedo cerrar una puerta y dejar algo en el pasado, queremos atenernos a lo que nos hace sentir cómodos, sin acordarnos que cuando cerramos una puerta, se abren 10, de que cuando un viaje concluye, tenemos mil nuevas posibilidades ante nosotros porque hemos cambiado la perspectiva que solíamos tener.

Al viajar te expones a la incertidumbre porque “todo puede pasar”, esto entrena tu mente para que en cada situación en la que te encuentres en la vida puedas aprender lo más que puedas.

Te vuelves más presente, vives al máximo y es por eso que el tiempo se te pasa más rápido, ¡es así como debemos de vivir nuestro día a día!

Disfrutas de tu propia compañía

Viajar te cambia la vida porque aprendes a estar contigo mismo, aprendes a cambiar la soledad por solitud.

Uno puede estar en medio de una multitud de personas y sentir que está solo, (soledad) o puede estar sin nadie alrededor y sentirse completamente acompañado y feliz (solitud).

La diferencia está en qué tanto te quieres y aceptas a ti mismo, al irte conociendo poco a poco y darte el tiempo de reflexionar en los viajes, tu autoestima y confianza en ti mismo(a) incrementará.

Valoras más todo lo que tienes

Viajar te enseña a estar en un constante estado de gratitud, a dar gracias por todo lo que tienes.

Al estar lejos de casa y sin las comodidades de las que normalmente gozas, las extrañas y además te das cuenta de que no todo el mundo vive con las mismas comodidades que tú.

Al volver a casa, ten por seguro que vas a  disfrutar aún más de todo lo que tienes.

Entiendes lo simple que es ser feliz

¡Todo lo que necesitas para sobrevivir puede caber en un back pack! Así de simple.

Viajar te enseña que no necesitas mucho para ser feliz, no hay que ser rico ni tener mucho dinero para conocer el mundo.

Entiendes que necesitas muchas menos cosas de las que creías, que las cosas simples y los detalles son lo que te hacen sonreír con el corazón.

Conoces nuevas culturas

Podrás aprender nuevos idiomas, interactuar con otras personas, conocer nuevas formas de vivir. Podrás ver por fin ese templo o monumento que tanto te ha hecho suspirar al admirarlo en fotos.

También conocerás historias increíbles que te dejarán sin aliento.

Te vuelves más paciente

Viajar es un ejercicio de tolerancia, paciencia y determinación.

Y es que uno puede impacientarse desde que sale de casa; que si hay tráfico para ir al aeropuerto, que si hay mucha fila para documentar, que si te tienen que revisar, que si hay que esperar las maletas, el transporte, el autobús, el tren, la foto perfecta. ¡TODO!

Al estar expuesto a lo desconocido y a la incertidumbre, aprendes a respirar en medio del caos, a ver y observar los problemas desde afuera y no sumergirte en ellos y entiendes que tarde o temprano todo tiene solución.

Te conviertes en un apasionado por la vida

No importa si viajas a las montañas más altas, a las profundidades del océano, a los desiertos o a las playas más remotas, o las grandes y famosas ciudades, las personas siempre tendremos un deseo de explorar lo inexplorado.

¡Viajar te lleva a empujar tus límites! a encontrar la belleza infinita que está ahí para ti esperando a que la contemples y que te llenes de ella.

Al viajar, entiendes que los momentos son tan efímeros y que la vida se pasa en un parpadear de ojos como para andar preocupándote por las cosas pequeñas.

Lo material deja de tener importancia y comprendes que el verdadero sentido de la vida no se encuentra lejos, sino dentro de ti.

El momento es ahora, vive hoy, y no dejes las oportunidades para más adelante, porque ese “más adelante”, puede -y suele ser- nunca. No importa a donde vayas, pero ¡atrévete a salir de casa!

El mundo tiene mucho que ofrecernos, es más grande, bonito y generoso de lo que crees, es un mundo abundante y diverso que te obsequia alas para volar e ir más lejos de tu imaginación.

Viajar te da toda la libertad y energía que necesitas para sentirte pleno y feliz, despierta en ti esa curiosidad, esa niña(o) interior e ingenua(o) que quiere saciar el deseo de explorar y expandirse.

Por último quiero decir que he aprendido que el éxito no se mide en los logros, premios o reconocimientos que hemos obtenido, sino que se mide en cuantas veces nos hemos caído y levantado, en nuestra propia satisfacción personal.

A veces nos comparamos con los demás y sentimos que vamos un paso atrás, nos gustaría estar “más adelante” o en “otro lugar”, la realidad es que solo debemos compararnos con la persona que éramos antes, ¿cómo era yo el año pasado? ¿cómo soy ahora? No importa lo que digan los demás, sino que aprenda a aceptarme a mí misma(o).
Hay que tomarnos las cosas a la ligera y no ser tan duros con nosotros mismos, dejar a un lado las preocupaciones y enfocarnos más en sentirnos felices con lo que somos. Nunca sabes a quién puedes estar inspirando. #SomosMasGrandes

Galería

¡Te invito a ver las fotos de mi galería para que experimentes la magia junto conmigo!

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