Blog de Marcela González

Expedición en la Selva Lacandona

por | Dic 6, 2018 | Aventuras, Para Widget | 1 Comentario

Regresamos entonces a la ciudad de Tuxtla y al día siguiente partimos hacia la selva Lacandona, la alta, la grande de Chiapas, que rugiente esperaba nuestra llegada…

Nos dirigimos hacia la selva por la carretera que divide la frontera entre Guatemala y México, era increíble ver como una parte de la cordillera en el horizonte pertenecía a México y la otra, a otro país.

Llegamos después de 8 horas al centro Ecoturistico Las Guacamayas, un hotel lleno de vida, lleno de verde, enclavado en la selva junto al río.

Era 2 de noviembre, el día tan celebrado en todo México, así que hicimos un recorrido por las casitas del pueblo para conocer sus altares, fue una experiencia muy agradable porque pudimos probar distintos dulces mexicanos que hacían las señoras en sus casas.

Pasamos la noche bajo una tormenta eléctrica y la fuerte lluvia. Recuerdo que me acosté en la hamaca que estaba afuera de mi habitación y no podía dejar de sonreír, escuchando la lluvia y los truenos a lo lejos.

Toda mi vida había querido pasar una noche en la selva con lluvia, me sentía más feliz que en cualquier lugar.

Despertar en la Selva Lacandona es como si estuvieras apenas comenzando a soñar, los rugidos de los saraguatos fueron nuestra alarma al amanecer, rugiendo fuertemente en las altas copas de los árboles.

Su rugido puede escucharse desde hasta tres kilómetros de distancia, para mí, era sentirme dentro de la escena de una película, aquella película que cuando era niña despertaba mi adrenalina y curiosidad por conocer el mundo.

Fuimos entonces a hacer uno de los senderos de la selva, se llamaba “Sendero interpretativo Saraguato”, estuvimos cerca de dos horas “pajareando”, literal.

Buscamos distintas especies de aves, llamándolos con una aplicación del celular que imita el llamado del ave que tú quieras.

Fue una caminata muy relajante, a excepción de los mosquitos, claro, a los cuales mi cuerpo ya estaba muy acostumbrado.

Vimos monos araña jugueteando entre las copas de los árboles, comiendo frutas y brincando entre las ramas, también vimos arañas y muchísimos insectos,

Por la tarde, hicimos un recorrido en el río, ¡me sentía en la película de Jurassic Park!

El agua estaba un poco revuelta por la lluvia, pero eso le daba un toque más fotogénico al momento, la tarde comenzó a caer.

Parábamos para ver saraguatos en los árboles, guacamayas y tucanes sobrevolando el río se perchaban en la orilla.

Nos metimos entonces entre los afluentes más angostos y nos acercamos al punto en donde los locales han visto anteriormente al rey de la selva; el jaguar.

Daría lo que fuera por poder vivir la experiencia de presenciarlo, de poder tener frente a mi a este grande, a este felino que intimida a todos los animales y seres en la selva, se me ponía la piel chinita de solo pensarlo.

La caída del sol iba avanzando cada vez más y el paisaje se pintaba de diferentes colores.

El sol se asomaba entre las hojas de los árboles, creando estos hermosos rayos de luz que se reflejaban en la brisa del agua.

Entonces, ¡el lanchero acelera la lancha a toda velocidad! podía sentir el aire entre mi cara, mi cabello, mis brazos, todo mi cuerpo se mecía con el movimiento.

Ya cuando comenzaba a anochecer volvimos al hotel, cenamos en el restaurante, el cual se encontraba junto a la orilla del río y después de conversar un rato nos fuimos a descansar.

Nos levantamos antes del amanecer para ir a ver las guacamayas despertarse, es un espectáculo hermoso, puedes ver a cientos de guacamayas emprender el primer vuelo del día, en los árboles más altos de la selva…

Nos encontrábamos en un paisaje de ensueños, los árboles eran hermosos, había una ceiba en especial que podía parecerse al de la película del Rey León.

En mi cabeza solo sonaba la canción de  “Un ciclo sin fín” (“The Circle of Life” en inglés), mientras lo fotografiaba.

Entre la niebla y el día susurrante que apenas despertaba, arrancó entonces la selvática trompeta. El rugido lejano del saraguato en este ensueño verdoso, comenzaba a sonar.

Volvimos al hotel Guacamayas a tomar un rico desayuno antes de emprender nuestro segundo recorrido en las lanchas.

Café, chilaquiles, fruta y pan tostado, todo era delicioso y sumergidos en aquel paisaje, se volvía un hotel de 10 estrellas.

Nos tomamos un pequeño descanso de 15 minutos después de desayunar y salimos de nuevo.

Una vez más, nos adentramos en ese río en donde se desliza la historia, ese río que ha visto prehistóricos acorazados abrazar el sol día con día.

Vimos cocodrilos y caimanes descansando en la orilla, mariposas volaban sobre sus cabezas adornando y dándole un toque de dulzura a estos salvajes reptiles.

Había unos murciélagos que se camuflajeaban entre las cortezas de los troncos de los árboles, nos acercamos para verlos mejor.

También arañas gigantes entre las ramas que esperaban ansiosas para alimentarse de los insectos que cayeran en sus inmensas telarañas, abrían paso a nuestro camino.

Podía quedarme para siempre aquí, sumergida en aquella selva verde que me abrazaba con sus entrañas, con sus rugidos, con su canto y su misticismo.

Había querido ir a la Selva Lacandona desde que era niña y ahora había podido cumplir ese sueño, me encantaría volver y quedarme por lo menos un mes ahí dentro.

Me despedí entonces de aquel sueño, de aquel embrujo suriano, del ave, del pecarí, del tapir, del jaguar, del agua que rodeó mi cintura y me llenó de vida, sabiendo que algún día, volveré a ella.

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